Odio mi trabajo
Me parece que lo más difícil no es encontrar un trabajo, lo más difícil es que te guste. Lo más complicado es tener que salir de tu ciudad, donde están tu familia y amigos, e irte a buscar una oportunidad fuera (incluso fuera de tu país). Que te guste significa que por más trabajo que tengas siempre lo harás a tiempo y sin chistar, sin renegar ni aburrirte. Significa también llegar todos los días a tiempo, e incluso media hora antes, para revisar lo que se hizo el día de ayer y estar al tanto de todo.
Sin embargo, la mayoría de las personas tiene un trabajo que no le gusta, ¿y por qué? Porque hay que pagar las cuentas, el colegio de los hijos, el agua, la luz, el teléfono, la comida del perro (que por supuesto, solo come Pedigree), el carro que justo ese día tuvo que amanecer con el motor que no prendía y por tal motivo llegaste tarde y encima, tuviste que aguantar los gritos y reclamos desaforados de tu jefe y un sermón de casi una hora sobre la puntualidad. Claro, él hablándote de puntualidad. Lo peor viene después porque no sabes en qué momento algún chistoso hizo uso de tu ordenador y ahora ya no prende, ya no funciona ¿y a quién le vas a echar la culpa si todos te miran con esa cara de “yo no fui”? Tienes que ir a buscar al chico de sistemas para que arregle el inconveniente y qué casualidad que nuevamente te topas con el jefe que te mira como diciéndote “hoy será tu último día”. Toda una pesadilla.
Pero por obra y gracia del destino, con tardanza, aburrimiento y todo llegas a fin de mes: día de pago, y mientras tu jefe te sonríe sosamente (y de repente ya ni se acuerda de tu cara) para ocultar esa gran alegría que siente, porque claro, su sueldo es diez veces mayor que el tuyo, tú ya estás restando mentalmente todo lo que debes en la tienda, en las tarjetas de crédito, el prestadito de por aquí y por allá, y al final ya ni sabes si es día de pago o día de pagar. De pronto, de tanto pensar, de tu cabeza empieza a salir humo (o eso es lo que crees), sin embargo, te das cuenta de que a menos que tu cabeza tenga forma de monitor estás nuevamente en problemas.
Y por supuesto, hoy tienes cita con el psicólogo, donde vas desde hace unos meses, digamos cuando empezaste a dormir mal y a sentir que odiabas este trabajo, que lo odiabas tanto como Hitler a los judíos, pero no te sientes judío sino más bien jodido con este problema que no tiene solución. Pero bueno, volvamos al psicólogo, a quien le cuentas que ya no soportas la idea de ir otro día a tu centro laboral, que te irrita cada vez que tu jefe promueve a algún incompetente recién llegado porque es el hijo de fulanito de tal. Él con esa calma, que por cierto irrita más, te dice tranquilamente que por qué sigues en ese trabajo y piensas, “claro, no te preocupes, ahora mismo renuncio y me quedo en la calle a pedir limosna y así pagar todas las deudas que tengo, total si tú me lo dices es porque debe ser así, ¿no?”. Te quedas callado y asientes mientras lo maldices y sacas otra cita para la próxima semana (por lo menos con él puedes sacar tu lado sarcástico, aunque sea en tu mente).
Y qué me dicen ustedes las mujeres (y hasta a veces los hombres) de los acosadores. Esas personas que se muestran prestas y serviciales para alcanzarte la tacita de café, que te abren la puerta con esa dudosa caballerosidad y que ni bien te descuidas te están viendo el brasier. Todo un tema.
Pero bueno, así son los trabajos, ¿no? Te disgustan (te gustan), los odias (los amas), les tienes antipatía (o simpatía), pero siempre sirven para pagar las cuentas. Entonces, cada vez que pienses que odias tu trabajo piensa también ¿qué estoy haciendo para tener un trabajo que me guste? ¿Hago algo para salir de esto? Y piensa esto ¿quiero pasar el resto de mi vida haciendo algo que odio?
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